JANUCA

El trasfondo histórico: Janucá, la fiesta de la "inauguración" del Templo, es una de las celebraciones más recientes del calendario judío, si exceptuamos aquéllas relacionadas con el moderno Estado de Israel.
Janucá tiene "nada más" que dos milenios bien cumplidos de edad, como que evoca un acontecimiento ocurrido en el año 165 a.e.c.; y acerca de su nombre, cabe acotar que más correcto sería traducirlo como "re-inauguración" del Templo, pues éste, el segundo, ya había sido construido e inaugurado en tiempos del primer retorno a Sión, allá por el año 516 a.C., unos tres siglos y medio antes de los hechos que evoca Janucá.

Leyendo en los libros de Historia del pueblo judío, podemos imaginarnos que durante el primer siglo en que se lo celebraba, Janucá, a pesar de estar vinculado por su nombre principalmente con el culto en el Santuario, constituía para los judíos de aquellos tiempos toda una Fiesta de la Independencia, tal como el Iom Ha-Atzmaut moderno lo es para nosotros: la reinauguración del Templo significó, al mismo tiempo, la expulsión definitiva del enemigo, de la ciudad de Jerusalén, y la paulatina recuperación de la independencia política y militar del Estado Judío, establecido en una importante porción del territorio de Judea.'

Un siglo después - en 63 a.C. - llegaron a este país las huestes de Pompeyo, general romano, y se inició la dominación de Judea por parte del imperio al que este militar representaba, dominio que tuvo uno de sus puntos culminantes más tristes con la fracasada rebelión judía contra el invasor, y la consiguiente destrucción del Templo por Tito en el año 70 e.c.

Otra rebelión posterior contra los romanos fracasó también, a pesar de unos primeros dos o tres años de éxito - la de Bar Cojbá, en 132 e.c. - y estas dos guerras perdidas contra los romanos, y que derivaron ambas en otras tantas grandes desgracias nacionales, tuvieron también una importancia decisiva sobre lo que en el futuro representaría para el pueblo judío la fiesta de Janucá: no más una victoria militar que reportó un siglo de independencia a nuestros antepasados, sino meramente la celebración del milagro del jarrito de aceite, como se verá más adelante.

Y las crónicas históricas judías que relatan en detalle la gesta revolucionaria de Janucá - los "Libros de los Macabeos" - tampoco fueron admitidas por nuestros sabios en la Biblia judía.  Si, a pesar de este rechazo, han llegado hasta nosotros, ello se debe a la versión al griego que se ha hecho de ellos en la ciudad egipcia de Alejandría - dentro del marco de esa monumental obra de traducción bíblica conocida con el nombre de Septuaginta - y que ha sido recogida y transmitida hasta la actualidad por algunas Biblias cristianas.

Antioco Epifanes, el Helenismo y 1a profanación del Templo: Desde comienzos del siglo II a.C., Judea se encontraba bajo el dominio de los reyes seléucidas de Siria, y uno de ellos, Antíoco IV, también apodado Epifanes, el "ilustre" o "magnífico" (y al que los judíos, con el cambio de una sola letra, convirtieron despectivamente en "Epimanes", el "loco"), decidió imponer en todo su imperio la cultura helenística y su religión, así fuera por la fuerza.

Otros pueblos del Medio Oriente, politeístas ellos, no tuvieron grandes reparos en aceptar en sus santuarios las estatuas de Zeus y de otros ídolos griegos que esta imposición religiosa involucraba.

Los judíos, en cambio - que adoran a un Dios único, universal e invisible - vieron en la erección de una estatua en el Templo de Jerusalén una blasfemia intolerable, cuando el hecho ocurrió, por imposición de Antíoco, en el año 168 a.C. Poco antes, el rey sirio ya había saqueado también gran parte de los tesoros de ese santuario, y ahora, junto con la instalación del ídolo pagano en el mismo, prohibió también practicar allí el tradicional culto de sacrificios al Dios de Israel. Y para completar la conversión forzada del pueblo judío a la cultura helenística, también prohibió, bajo pena de muerte, varias otras costumbres características de los judíos: la circuncisión de los hijos varones que nacieran, el estudio de la Torá, el descanso sabático, las leyes alimentarias, etc. Todo ello, para acelerar en la medida de lo posible, la asimilación de los judíos a la cultura, el idioma, la religión y las costumbres griegas, que los demás pueblos del Medio Oriente ya habían ido adoptando paulatinamente

Israel y Judea, Israelitas y Judíos: Agreguemos aquí una aclaración necesaria acerca del alcance de los vocablos israelita y judío.

Digamos para empezar que los términos Israel y Judá son ambos de origen bíblico: Israel fue el nuevo nombre que el patriarca Jacob recibió después de su lucha con un ángel, y Judá fue el cuarto hijo que este padre Jacob o Israel tuvo con una de sus esposas, Leá. Según la etimología que nos da el mismo texto bíblico, Israel significa "luchaste con Dios" (Bereshit - Génesis 32.29), mientras que Judá expresa la gratitud de la madre por el nuevo hijo que le nació: "agradeceré al Eterno" (íd. 29.35).

Desde entonces, la familia de este patriarca - sus doce hijos, y en pos de éstos, sus sucesores, las doce tribus - son llamados "hijos de Israel". Así, durante los tiempos de Moisés y de Josué, de los Jueces y de los reinados de Saúl, David y Salomón. Después de la muerte de este último se produjo el cisma (por el año 930 a.C.), y el pueblo quedó dividido en dos reinos: al norte, el de Israel con su capital Samaria, integrado por las diez tribus que se habían segregado de la dinastía de David: y la tribu de Judá (que había incorporado a su seno también a la vecina Benjamín) que permanecía fiel a esa dinastía, alrededor de la capital Jerusalén, donde también se levantaba el Templo.

Posteriormente, y hasta la destrucción del reino de Israel en 722 a.C. por Sargón, rey de Asiria, es posible todavía hablar de hijos de Israel o israelitas para referirse a las tribus de Israel (y especialmente a las que pertenecían al reino del norte).

Pero a partir de la destrucción indicada, que arrastró al exilio a las diez tribus que habitaban ese reino, y luego de que ellas se disolvieron y asimilaron entre los otros pueblos que las rodeaban (y de ahí que también se las llame las "tribus perdidas"), sólo quedó en pie la tribu de Judá, y su territorio, el reino de Judá, más tarde, llamado también Judea.

De modo que desde esa fecha, cabe mencionar solamente el término de judíos, tal como por ejemplo lo hacemos nosotros al hablar aquí de la época de Janucá, que es posterior a ese suceso.

El vocablo israelita volvió a cobrar vida en Tos tiempos modernos, como un subterfugio que usaron ciertos sectores de nuestro pueblo que querían evitar al nombre de judíos, por las connotaciones negativas que le había dado, a través de los siglos, el mundo circundante. De modo que por obra de ellos, israelita se tornó en sinónimo de judío.

Y desde 1948, año en que fue fundado el nuevo Estado Judío que recibió el nombre de Israel, surgió también el término israelí (plural: israelíes), como calificativo de una nacionalidad, de un pasaporte, etc., que denotan una pertenencia política y geográfica, pero sin significación religiosa o étnica alguna, puesto que también incluye a miles de personas cristianas, drusas, musulmanas, etc., que son ciudadanas de este país, sin ser judías.

Los Macabeos y el milagro del jarrito de aceite: La rebelión contra las imposiciones religiosas de Antíoco Epifanes se inició en el pueblo de Modün, donde vivía un anciano sacerdote, Matatías, junto con sus cinco hijos: Iojanán, Simón, Judá, Eleazar y Jonatán. La familia entera era conocida con el nombre de Jashmonaim o Asmoneos, y el hijo que encabezo las acciones militares, Judá, recibió el apodo de Macabí, que después se hizo extensivo a todos sus hermanos, quienes fueron llamados macabeos. Algunos hacen derivar este nombre del sustantivo maquévet (la "V" y la "B" constituyen en esencia una misma letra), una especie de martillo que Judá habría usado como arma de guerra. Tradicionalmente, en cambio, se pretende ver en las letras M-C-B-I de ese apodo, las iniciales de cuatro palabras hebreas de un conocido texto bíblico, y que significan: "¿Quién es como Tú, oh Eterno, entre los dioses?" (Shemot - Exodo 15.11).

La rebelión contra el invasor foráneo que este pequeño grupo familiar inició en Modün se expandió rápidamente, y no pudieron sofocarla los ejércitos cada vez más fuertes y numerosos que Antíoco mandó a Judea al mando de sus mejores generales. Hasta que el proceso culminó en el mencionado año 165 a.C. con la expulsión de la guarnición que ocupaba Jerusalén y la consiguiente recuperación del Templo por los judíos fieles a la tradición. Y todo esto, según dijimos, está relatado en los cuatro "Libros de los Macabeos" rechazados por el canon judío, y que sólo es dable encontrar en las versiones católicas de la Biblia. También Flavio Josefo, el historiador judío de dos siglos y medio después, nos cuenta muchos detalles al respecto en sus obras.

Recuperado el Templo, fue destrozada y alejada del mismo la estatua que Antíoco había mandado colocar allí para imponer a los judíos el culto pagano de los griegos, y fueron purificados el altar y los instrumentos del santuario que habían sido dedicados a ese culto.

Después, el día 25 del mes hebreo de Kislev - por diciembre se celebró la ceremonia de Janucá, la "inauguración" (o mejor dicho, la reinauguración) del Templo.

En esa ocasión ocurrió el famoso milagro del jarrito de aceite: para prender las luces en el candelabro de oro apostado en el lugar, se usaba un cierto aceite de olivas, y éste venía guardado en unos jarritos especiales que llevaban un sello que acreditaba su pureza y la legitimidad de su uso en el Templo. Llegado el momento, fue dable encontrar un solo jarrito semejante que no había sido profanado para dedicarlo al culto pagano. Y esta dosis de aceite, que normalmente servía para alimentar las luces del candelabro un solo día, en aquella ocasión alcanzó para ocho días, plazo necesario para que los sacerdotes prepararan nuevas raciones de aceite.

La celebración de Jarucá: En recuerdo de esos ocho días, celebramos la fiesta de Janucá también ocho días. Pero no son días enteros de reposo absoluto y de interrupción del trabajo cotidiano como las otras fiestas que hemos visto hasta ahora, sino que a la hora de prender las luces solamente, después de la puesta del sol, se dejan de lado por un rato las labores de la jornada, para dedicar esos minutos a la ceremonia del encendido de las luces en el candelabro. Cuando llega el sábado, las luces de Janucá, al igual que las dos del sábado, se prenden antes de la puesta del sol, para no profanar el descanso sabático con el encendido del fuego.

El candelabro usado en el Templo de Jerusalén tenía siete brazos, se lo llamaba Menorá (de la raíz nur, "fuego"), era de oro macizo y podemos leer su descripción en la Biblia (Shemot - Exodo 25.31 ss.). Hoy en día, un candelabro parecido también constituye el escudo del Estado de Israel.

El candelabro para la fiesta de Janucá, en cambio, se denomina Januquiá - nombre derivado del de la fiesta - tiene ocho brazos o espacios para ocho luces, y además, un noveno, algo apartado de los demás, el shamash o "servidor", destinado a una luz que se prende primero que todas, y con cuya llama se encienden después las demás. Las luces pueden prenderse en mechas de algodón impregnadas en aceite, o bien pueden usarse velas. A veces, en edificios públicos de Israel, en el techo de sinagogas o en otros sitios semejantes, los grandes candelabros que están emplazados allí tienen como luces lámparas eléctricas.

A la hora del encendido de las luces de Janucá, la familia reunida alrededor deI candelabro - o bien los fieles en la sinagoga - entonan, después de pronunciadas las bendiciones respectivas, un himno tradicional que comienza con las palabras de Maoz Tzur Ieshuatí, "Fortaleza y roca de mi salvación (eres Tú, oh Dios)". Las letras iniciales de cada estrofa de este himno dan el nombre de su autor, Mordejai, que vivió por el siglo XIII e.c., y de quien no se conocen más detalles. El himno evoca diversos actos de socorro y de liberación que Dios obró para con Su pueblo Israel en diferentes oportunidades.

La primera noche de Janucá también se agrega la bendición de Shehejeiánu, de la cual ya hemos hablado en el párrafo dedicado a la celebración hogareña de Rosh Hashaná. Y durante los ocho días, en la plegaria Shemoné Esré o Amidá, se intercala un párrafo especial que comienza con las palabras Al hanisim, "Por los milagros (te agradecemos, oh Dios)".

En Jánuca se suele obsequiar a los niños con monedas - "dinero de Januccí" - o con regalos diversos. En algunas épocas se les solía regalar nueces, y ellos jugaban entre sí y las apostaban al azar de una perinola de cuatro costados, en los que figuraban otras tantas letras hebreas: N-G-H-SH, que algunos interpretaron como iniciales de Nes gadol haiá sham, "un gran milagro ocurrió allí". Pero también hay quienes creen que cada una de estas cuatro letras simplemente indicaba cuántas nueces ganaba o perdía quien había echado la perinola (llamada en hebreo sevivón).

Comidas típicas de Janucá son las Ievivot, unos pasteles fritos de papa rallada; o bien las sufganiot, unas bolas de masa fritas, que contienen un núcleo de dulce o de mermelada.

Las transformaciones de Janucá: Como ya dijimos al principio, Jánuca representó durante algún tiempo la celebración de la independencia judía recuperada, y como prueba de ello está el hecho de que los festejos respectivos se extienden a lo largo de nada menos que ocho días.

Pero en tiempos posteriores, esa independencia fue vuelta a perder, y después del recuerdo de una rebelión exitosa - la de los macabeos siguieron en la Historia judía las desgracias de dos rebeliones fracasadas: aquella que culminó con la destrucción del Segundo Templo - ya la mencionamos más arriba - y la de Bar Cojbá, en tiempos del emperador Adriano (132-135 e.c.) que volveremos a ver cuando tratemos la celebración de Lag Baómer; ella sólo tuvo éxito unos pocos años, pero también acabó con un gran desastre.

Como consecuencia de ello, y además, para evitar la censura de los romanos que seguramente tenían sus espías y delatores que hurgaban en los textos sagrados de los judíos en búsqueda de ideas sediciosas, Janucá perdió en el Talmud toda mención de la lucha militar contra el rey Antíoco que culminó con el triunfo de los rebeldes judíos, y se centró en el milagro del jarrito de aceite, que en vez de un día, alcanzó para ocho (quizás por el mero motivo de que se lo usó aplicando un cierto régimen de racionamiento).

De modo que Janucá se convirtió en Jag Ha-Urim, Ia "Fiesta de las Luces", que se prenden, mediante la ayuda del shamash, la primera noche una, la segunda dos etc., hasta llegar a completar, en la última noche, las ocho luces de la januquiá.

Asimismo Janucá quedó como símbolo de la oposición tenaz de los judíos de aquel entonces contra la cultura helenística que, con todo Io que ella involucraba - una religión pagana, un nuevo idioma, el culto de la belleza física, una pervertida vida sexual etc. - se les quiso imponer por la fuerza.

En cambio hoy día, en el moderno Estado de Israel - que fue proclamado en un nuevo Día de la Independencia en 1948 y que cuenta otra vez con su propio ejército - Janucá también vuelve a recuperar paulatinamente su carácter de evocación de la lucha armada contra un enemigo invasor, y del triunfo que coronó aquella heroica gesta. En los "Libros de los Macabeos" - repudiados por nuestros sabios, quienes no los integraron al canon de la Biblia oficiales del ejército de Israel estudian la estrategia que aplicaron Judá el Macabeo y sus hermanos y sucesores, en su lucha contra los ejércitos enemigos.

Y cuando prenden las velas de Janucá en el hogar, padres e hijos en Israel recuerdan que ellos mismos también son soldados en las fuerzas armadas del país - algunos, en actividad, otros, como reservistas - que cada tanto son llamados a las armas, y que intervinieron, también, en las frecuentes guerras de estas últimas cuatro décadas, en que el joven Estado Judío tuvo que defenderse una y otra vez de los ataques de sus vecinos.

Macabí también es el nombre de una moderna asociación deportiva que tiene muchos centros de actividad en Israel y en las diversas comunidades judías de la Diáspora. A semejanza de los Juegos Olímpicos, cada cuatro años se organizan en Israel las Macabiadas, competencias deportivas a las que concurren los mejores atletas locales y de los centros macabeos del extranjero; la llama para la antorcha respectiva se enciende en Modün, el sitio donde el anciano sacerdote Matatías inició hace más de dos mil años su rebelión. Y allí también se inicia una maratón abierta a todos los atletas del mundo, que se corre en Israel cada año con motivo de la fiesta de Janucá.

Digamos por fin que algunos elementos de Janucá también quedaron conservados en diversas tradiciones del mundo cristiano:

El 25 de Kislev - El 25 de diciembre

Las luces del candelabro - Las luces del árbol de Navidad Los regalos a los niños - Los regalos a la familia Duración: ocho días - AI cabo de ocho días: la fiesta del 1° de enero.

 

ESPECIAL PARA LA FIESTA DE JANUCA

Ensalada fría de pasta y piñones Sopa de cebolla

Latkes de papas Compota de fruta seca

 

400 grs. de pasta en forma de espirales 450 grs. de zapallitos frescos

50 grs. de manteca

Se lavan los zapallitos sin pelarlos, se cortan en tiras largas. Calentar la manteca en la que se fríen ligeramente los zapallitos durante 5 minutos.

Cocinar la pasta en un litro de agua salada durante 7 minutos. Colar la pasta, agregar los zapallitos junto con el agua de cocción cubriéndolos con la siguiente salsa:

4 cucharadas de aceite de 50 grs. de piñones

oliva 100 grs. de queso parmesano 1 cucharada de albahaca rallado

seca, cortada 1 /2 cucharadita de pimienta 1 cucharadita de sal

Mezclar todos los ingredientes de la salsa, menos el queso, agregándolo a la ensalada

Enfriar, y antes de servir, cubrirla con el queso.

 


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