¿Y a la hora de la fiesta?
Dado que el cumplimiento de una mitzvá debe producir
alegría, ésta obviamente buscará como exteriorizarse. Es así que luego de realizada la
ceremonia religiosa es una costumbre apropiada efectuar una seudat mitzvá, un
"banquete de regocijo". Este es el único motivo aceptable para concluir con
fiestas de bebida y comida la ceremonia de Bar Mitzvá, pero debemos estar advertidos, la
fiesta puede ser el acompañamiento de lo que realmente importa, y esto es: la educación
judía que uno tiene la oportunidad de recibir con más intensidad en la época de
preparación pre-Bar Mitzvá, y el sentido renovado que le podemos hallar a la vida.
Ahora bien, la manera de festejar es cuestión de las
costumbres imperantes en cada región y época, e indudablemente como toda acción de la
vida, son un reflejo de la naturaleza personal y de los recursos económicos disponibles.
Pueden reducirse a una simple recepción (kibud y kidush) después de los servicios en la
sinagoga, o, convertirse en una impresionante fiesta hasta el amanecer del día siguiente.
Festejar es correcto, agradable, saludable. El judaísmo es
ejemplo de esto, pues aunque suene extraño, cada judío está obligado a festejar y hasta
olvidar las penas una vez por semana, todas las semanas de su vida. ¿No tiene, pues, el
judaísmo un conocimiento y aprecio por la alegría, y los festejos?
Pero, debemos tener en claro que si deseamos sacrificar
aspectos esenciales de la vida por hacer la mejor fiesta, para el esplendor vano frente a
los otros; el empeñarse o endeudarse; o cuando la forma de los festejos, o sus contenidos
violan tanto las leyes judaicas dietéticas (kashrut), así como las leyes de la decencia
y humildad, o cualquier otro de los preceptos o valores del original espíritu del
judaísmo, entonces, la celebración únicamente logra rebajar el acontecimiento,
disminuyendo su significado profundo.
Y los ansiosos y materialistas padres quizás no lo
adviertan, pero sus despilfarros económicos y de poco entendimiento sólo servirán para
confundir a los participantes en el regocijo, y lo que es más trágico, crear un
espíritu de contradicción en su propio hijo, el festejado, y en sus jóvenes amigos.
Así, cuando los ríos de alcohol, las músicas estridentes, los globos y las velas hayan
pasado y sólo permanezcan como recuerdos borrosos, el otrora joven tendrá la oportunidad
de recordar el momento de su Bar Mitzvá como un vacío ritual, como una mentira, como una
enseñanza de como transformar valores e ideales superiores en simples máscaras para un
carnaval de desilusiones y dramas.
Esta observación debería conducir a los padres a resistir
la tentación de transformar el punto cúlmine de la vida de un adolescente judío en una
pagana y fatua fiesta de cumpleaños ostentosa para un niño en sus trece años.
Lo apropiado sería que ante la pregunta: ¿dónde haces tu Bar? o ¿tu hijo su Bar?, la
respuesta fuera "en el templo tal" o "en la sinagoga cual", o más
difícilmente "dentro de sí mismo", y no como lamentablemente se acostumbra
oír responder: "en el salón de fiestas aquel"...
Ay, los regalos
Video juegos, computadoras, minimotos, viajes, equipos de sonido,
cámaras, iniciaciones sexuales, miles de dólares, lapiceras...larga lista de etcéteras
varios...
Es una cursilería afirmar que el mejor regalo, no sólo de bar mitzvá sino para toda
ocasión, es el amor que se brinda y se recibe con sinceridad.
Sin embargo, ¡quién no quiere de aquellos regalos!
Viéndolos en su aspecto práctico los premios materiales que recibimos, son un buen
aliciente, tanto para niños como para adultos.
Muchos niños preparan su bar mitzvá esforzadamente con la esperanza de recibir mejores
regalos, ¡en fin!, así es como nuestras sociedades materialistas nos educan para ser...y
quizás sea aceptable, no nos interesa juzgar este aspecto.
Pero, ¿no sería bueno que alguien, al menos una persona,
recuerde entregar algo de verdadero valor al joven?
Me acuerdo ahora de aquel niño que en su bar mitzvá, allá en la época de la segunda
guerra mundial, recibió una copa (bejerle) de plata para recitar la bendición sobre el
vino a la hora del kidush. Era una copa labrada por un artesano, con el nombre y la fecha
inscriptos en caracteres latinos y hebreos. Era una copa que permaneció en el seno de
aquella familia, y que hoy, siendo el niño abuelo, el joven nieto aun sostiene para la
bendición sabática.
¡Este es un presente!
Presente: obsequio.
Presente: de hoy.
Porque, ¿cuantos videojuegos de los años cuarenta (o lo que
fuera en su lugar) permanecen en los corazones de las familias?
Y recuerdo el Sidur (libro de oraciones), que durante cuatro generaciones pasó de
generación a generación el día de la ceremonia de Bar Mitzvá.
Un Sidur que contiene vivas palabras milenarias, en hojas centenarias, para vivos
corazones actuales.
¡Ese es un presente!
¿Por qué, pues, no sumamos a las montañas de regalos, un presente que une el pasado con
el futuro? |